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domingo, 8 de mayo de 2011

El tibio y su esquina

Tomaba de a sorbos su café y miraba por la ventana, escapándose de la velada con airoso silencio.
Se daba descanso en un soponcio ausente. Jugaba a callar su desconfío y arremetía un opaco asentimiento ocultando el fuego de su codicia bajo una mascara descascarada de modestia:

El, un hombre manso, de modales correctos y palabras certeras, sobrevivía las conversaciones con sutil prestancia. Nunca arriesgaba una condena. En el fragor de cada batalla cotidiana, elegía evitar las asperezas. 

Así fue como un día, su cuerpo en descanso, se vio sorprendido por una pasión. En un principio, quiso domarla y la encausó con frases hechas y corbatas de ocasión. 

Pero la sangre, fiel condena del escarnio, jugó con sus horarios y le burbujeó su espesura.

Entonces el tibio, con su agenda despeinada, quiso bancar la parada y decidió una postura. Sin compromiso ni holgura, evito desangrarse y levitó su razón en fresca postura desinteresada.

La pasión entonces le largó una carcajada y nunca mas volvió.

Allí pasa las horas el pobre tibio, en una esquina desmadrada, 
como un paria desdentado, 
como una caña sin carnada, 
soñando con que algún día haga uso de su horario
 una canción que lo saque del calvario.
Envuelto en un silencio que lo llama 
a nunca mas desoír su corazón.

Y sino entendió lo escrito...  

miércoles, 13 de abril de 2011

Que la tormenta nos moje

El flaco se sentó en la esquina. Palpitó un cigarrillo. Lo prendió. Peinó el humo con sus llagas.
El cielo tronaba y desde lejos relampagueaba su ironía y su tormenta. Una tormenta pesada, de verano confundido. De noche agónica.

Cayeron pidiendo permiso las primeras gotas.

El flaco cubrió el cigarrillo y haciendo "cuevita" siguió fumando como si nada. La gente se apresuraba a dispersarse. La calle misma era una huida cobarde.

Llovió mas fuerte.

El flaco, sentado sobre el borde del cordón, miró llover y no hizo nada. Ni correrse a buscar guarida ni dejarse llover. Sentía como la lluvia lo esquivaba. Lo omitía. El permanecía seco, mientras el asfalto desbordaba.

Su pelo, estoico. Su camisa, impoluta. Su nariz, inocente.

Diluviaba.

Los desagües desbordaban. El asfalto lentamente, desapareció del horizonte. Solo agua. Agua en la calle y en la vereda. Agua entrando por los kioscos, las farmacias. Agua entrando en los palier de edificios de expensas altas y en las puertas descascaradas de las casas chorizo. Agua arruinando peinados, fundiendo motores de autos mal estacionados. Agua corriendo maquillajes.

Agua.

El flaco, nada.

Bocas desesperadas tragando el aire a bocanadas. Manotazos de ahogado mientras el mar se hacía uno con la calle. Camiones enterrados por la marea. Muebles desbordando por las ventanas. Oficinas vomitando computadoras y legajos, diarios desechos, basura reptando entre la corriente. Agua colándose entre los techos y los lechos, jugando a las cataratas entre las terrazas.

El flaco,
hombre submarino, 
permanecía estoico, pero seco.
Dió sus últimas pitadas al cigarrillo y lo apagó contra el filo de la vereda sumergida.
Miró entonces cara a cara al océano profundo que desguazaba las calles de su barrio.

Tuvo unas ganas terribles de gritar.

Lo hizo.

Se ahogó.

Y sino entendió lo escrito...  

viernes, 8 de abril de 2011

Abulia

Te pido que me avergüences, que rompas las recetas y me mires con tus labios y me apuntes con tus ojos y no mientas.
No me pidas que sonría, no me mientas. Desnudame y paladeá mi pecho franco, abierto como un naufrago o cerrado como un relicario, no importa. No mintamos.
No me pongo colorado, sigo acá, tristemente acostumbrado a tu caricia de ocasión. Sigo acá. Acallandome los gritos para no interrumpirte el almuerzo. Vomitame el almuerzo en la cara. Reite de mi gesto parco. No me pongo colorado.
¿No ves como arden mis clavijas, suplicando arrastrarte hasta algún descampado hasta subirte la pollera y empatarle al mediodía? No. No me ves.

¿Y yo? ¿Me veo? ¿Que hago?

Yo acá estoy, disimulando. Jugando el juego de la camisa planchada y el horario. Acá estoy. Untándole veneno al calendario.

Y vos ahí, acostumbrada... y yo acá, agarrotado.

Quisiera cantarte una serenata,
o escupir colores verdes y arruinar manzanas de un solo bocado.

Y vos ahí agarrotada... y yo acá, acostumbrado.

Que poco tiempo le queda a nuestra mañana. Que poco tiempo. Que mal usado.

Y sino entendió lo escrito...

lunes, 4 de abril de 2011

Asesinato

Tus ojos gélidos se tropiezan con el abismo mientras el frío acero de mi daga te atraviesa el vientre.
Te miro fijo: Asegurando que mi fuego sea tu último testigo.
Hundo mas el puñal hasta dejar respirar su punta por tu espalda. No brota sangre todavía pero ya estás paralizada.
Con mi otra mano te ciño la mandíbula.
 La fuerzo casi hasta quebrarla.
Atesoro tus últimos sonidos, marea de súplicas, insultos, pedidos de auxilio.
Entrego a su suerte el cuchillo, irremediablemente hecho uno con tu abdomen.
Te beso la frente.
Suelto tu cara.
Te miro.
Nada.
Inerte.
Presa todavía del pánico y la sorpresa,
 pero sin sangre en tu vientre.
Entonces te tomo por el cuello y mientras mi navaja todavía te atraviesa, empujo con mis yemas el aire que galopa tímido entre tu pecho y tus fuelles.
Nada.
Sin sangre.
Sin muerte.
Te golpeo hasta astillarme.
te mancillo hasta olvidarme...
Nada.
No hay suerte.

Agitado, te miro. Con mi puñal atravesado, con mis dedos enmarcados...
Parada... de frente.

Te reís.
Finalmente te reís, soltando una carcajada purpura que burbujea en mi camisa, bañada en sangre.
Mi sangre.

Voy soltando mis últimos suspiros a la parca medianoche...
Tus ojos gélidos atraviesan con frío destino de acero, mi vientre que derrama mi linaje.

Y mientras voy dejando ocre en los mosaicos,
recuerdo una verdad tan simple como el abecedario.

Solo puede morir quien ha vivido.
Solo puede sangrar, el que fue herido.

Eso es estar vivo.
Dignarse a ensuciar el piso con la propia sangre.
Lo demás muere, pero solo en el olvido.
Lo demás... es para cobardes.

 Y sino entendió lo escrito...

martes, 29 de marzo de 2011

La prisión autópica

Suele pasar, que los sujetos andamos por la vida, demasiado envueltos en el predicado.
Demasiado ocupados en lo importante, en nuestros estigmas, únicos, irrepetibles.
Envueltos en ese eje que habita nuestra vida, caminamos ajetreados por la autopista de la Autopía.
¿Que es la autopía dira usted?
Pues bien, la autopía es la utopía autómata que nos rige.
Es esa meta ciega, que nos pone, cual zanahoria delante del burro, un solo camino para arrastrar nuestra humanidad.
Es utópica, como todos los buenos deseos, pero automática, como la mayoría de las equivocaciones.
Y en esa autopía que nos rige, nos embarcamos, como ensayistas de la ceguera (y de eso ya escribió Saramago) dispuestos a pisar cabezas, tropezarnos con los extraños y amedrentar a cualquiera que se cruce por esa vereda.
La autopía, y esto es lo triste, esta signada por pequeñísimos ( y no digo pequeñísimos por pequeños) desvelos, tales como la soledad, el amor, el hambre o la falta de sueño. Y engendrada por estas pequeñas gotas de humanidad, se disfraza, autopicamente, de única.
Todos nos creemos inigualablemente irrepetibles.
 Pero lo cierto, aunque suene a verdad de almanaque, es que en el fondo, estamos engendrados por las mismas gotas.
Nos sorprende cuando un extraño llora. Nos incomoda. Nos molestan las voces en alto. Porque son ápices de humanidad que nos sacan del letargo. Es entonces cuando se nos plantea el desafío... ¿Miramos, o pasamos de largo?
¿Miramos como un pibe que se esta cagando de hambre nos pide una moneda? ¿Lo miramos al centro de los ojos? ¿Nos dejamos partir al medio por el? ¿Hacemos como si no pasara nada si alguien se pone a cantar en la vereda en voz bien alta, o cantamos con el? Cuando nos cruzamos con algún ex-cotidiano, ¿Le preguntamos realmente como está o rogamos por un autómata "todo bien"? ¿Miramos realmente al moribundo enamorado? ¿Al furibundo que discute la injusticia del vuelto de tres centavos? ¿Miramos como se nos cagan de risa los diarios cotidianos con su infopánico patentado? ¿Miramos el mundo en el que estamos parados? ¿O estamos tan sedientos de nuestra autopía que no tenemos tiempo para perder? ¿Acaso no nos damos cuenta que encima la autópica bastarda se va achicando hasta apretarnos la garganta? ¿Miramos como va perdiendo su condición utópica hasta simplemente transformarse en automática?  ¿Llegamos a observar como la corbata se transforma en mortaja, la vocación... en expensas, la profesión... en llegar a fin de mes?
¿Hasta donde creemos que nuestra autopía es solo nuestra? ¿Cuanto tiempo vamos a pasar sospechando de nuestras diferencias hasta acercarnos a nuestros parecidos? Si son tantos... tan enormes. Si somos todos, en el fondo, lo mismo...
Ojos que lloramos algún abrazo partido...
Llanto que mamamos por miedo a no ser queridos...
Grito que gritamos por querer ser escuchados.
Soledades que se piden un resguardo.

miércoles, 16 de marzo de 2011

Doble vida

Hay una vida que es la organizada.
Soy sastre de mi agenda y verdugo de mi almohada.

Hay una vida,
la discreta,
que es la que cambia lamparitas,
la que paga las cuentas.

En esa vida, hay una intrusa.
Otra vida duende,
que tiñe con su locura.
y aunque de mi no depende,
se transforma,
soltando sus retazos,
en mi musa.

Se hace poeta descarnada en momentos inconvenientes.
Mancha con su ácida navaja al transeunte de mis horas.
Persigue al calor de la imprudencia
y se viste como su delincuente.

Hay una vida,
es la que los hombres de ojos bajos llaman "sana",
que desayuna todas las mañanas
 y dibuja lineas rectas en mi mente.

Esa vida, lo confieso, no es humana.
Es un simple cordel que sostiene
el vértigo en los huesos que me llama
a pelearle el abandono a mi intemperie.

Esa vida, yo lo se, es una excusa...
Un traje...
Una madre...
Una reclusa...

Es necesaria.

Tristemente se asemeja a dormir de parado
o a contar ovejas...

Pero es antorcha en esos días carcelarios,
en donde mis colores amarillos me hacen daño
y los rosas se parecen a los años,
que con su eco me pintan de celeste.

Y "el que quiere celeste que le cueste"
dirán las viejas,
hampa mafiosa del calendario.

Y es que este duende, no quiere celeste
ni amarillo.
Solo quiere aprovechar el tinto vino,
que en un descuido,
la vida te regala a diario.

Y sino entendió lo escrito, quizas escuchar esto ayude...

domingo, 13 de marzo de 2011

Una certeza

En un mundo rancio, con olor a naftalina y sabor a desconfío...
En esa búsqueda nauseabunda de confort a prueba de olvido,

de calor de invernadero.

En este rincón en donde los tacos han vencido a las ojotas...
Y las maquilladas apariencias le ganan al abrazo.

En este rancho
en donde los gauchos se relojean las boleadoras,
esperando con fortuna, ser el de la guasca mas larga
el tiento mas ancho y la bombacha mas corta.

En esta peatonal de cartón corrugado,
partera de susurros y sonrisas de mercado...

En esta antesala de escenario que regala primaveras, otoños y reclamos.

En este pequeñito,
infimo...
chiquito agujero en el que los mansos se regalan al silencio,
los presos a su carcel...
los tristes a su llanto.

En este calendario...
que amamanta mis momentos,
y los baña en miel tibia de ironía,
o los desviste al juego seductor del parpadeo,
el amor,
el delirio,
y su agonía.

En esta tierra,
llena de barro, de flores, de misterio, de días,
de hogueras, de almibar,
de besos, silencios, canciones, espejos,
locura, rutina...

En este techo,
mi único hogar...
En este río... mi único lecho.
lleno de ecos, pero también de melodías...
Tejido en sueños, y también en pesadillas.

En este,
mi trayecto...
solo una cosa viene con garantías:

El café con leche.

Y sino entendió lo escrito quizás escuchar esto ayude...

viernes, 4 de marzo de 2011

Un desteñido y su camino

-¿¡Que hacés hermano!? ¿Que es de tu vida, tantos años?-
El antiguo vecino, su compañero de vereda,
Lo quemaba al caminante desteñido,
en la viva hoguera del tiempo perdido.

-Acá. Yendo al trabajo.-
Lo miró con ojos presos,
deseándole una viva muerte al encuentro
y al testigo que traía consigo.

-Se te ve bien... mirá que linda pilcha... ¿En que estás laburando?-
Que te importa, pensó el desteñido...
¿que carajo le importa a este mal parido como hago uso de mi horario?

-Soy contador de una firma respetable.-, dijo. Y era cierto.
Después de todo, el respeto hoy no se gana... se compra usado.

-Mira vos... no te hacia de ese palo.-
De ese palo, le dijo.
Que vulgar olor a grasa de puchero le sale por los poros a este gordo...
pensó sin miramientos, ni afecto, ni reclamos.
Se le hacía, al desteñido, este momento
un  retazo de recuerdo ya lejano.

-Puede ser... pero viste como es la vida.-
Intento escaparse con una frase hecha, el descolorido.
Pero el imberbe gordo que alguna vez tuvo de vecino, sin piedad, le siguió replicando.

-En la cancha la descocías hermano...¿No te probaste al final en Argentinos?-
...

Y el potrero se le hizo yaga en el pecho al incoloro,
que abatido, se acordó de las gambetas bañadas en polvo de suela...
del baldío que fue su olimpo y el último reducto de su sueño desvalido...
Recordó las tardes de Spika y los olores del domingo.
Paladeo con arácnido descuido los guisos de su abuela.

-No...-
Solamente no dijo el trajeado desabrido,
y sus ojos grises,
neutros,
Se le envidriaron hasta ahogarse en mar de nido...
Su lagrimeo parco, se le hizo niño enmohecido...
Resignación...
Y finalmente olvido para disimular el desencanto.

-Bueh... te dejo tranquilo.-

Abrazo de ocasión y dos caminos,
añejos,
hundidos en la nostalgia del deseo apagado
por la resignación sobreviviente de un mundo,
que a veces,
 a los desteñidos...
se les hace descarnado.

Y sino entendió lo escrito, quizas escuchar esto ayude...

una corta y en Inglés

En palabras del libre pensador Gregory House:

"... If you wanna be special... you´ve got to be alone" 

jueves, 24 de febrero de 2011

Acerca de los grises, los blancos y los negros...

Y es que no puedo.
Mis venas no me dejan.
La razón se me nubla,
las uñas se crispan.
las voces se me mezclan.
Aullan todos mis silencios.
Hasta mi saliva se sincera...
se pone espesa.

Los latidos, tibios,
como miel de abeja,
se me agolpan en el pecho...
Mis ojos pardos, se detienen en el asco,
o en el abismo frío del desengaño.
Y mis hombros se afilan, ritmo constante
de hombre que camina,
de cortos pasos de vereda sincera.
Y me incomodo en el fango de las apariencias,
y los grises se deshacen hasta quemarse...
derretirse
 en el fuego abierto,
en la llamarada humeante...

Y entonces en mi noche solo quedan
los blancos y los negros.
Sin sobremesa.

Y las verdades, no se callan...
se gritan... a los cuatro vientos.

Las apariencias se las dejo
a los que toman té en su pieza.
Yo soy hombre de crayón,
de manos extendidas al abrazo,
o puños batientes de corralón.

No me pidan amistades asesinas.
No me pidan sonrisas de ocasión.
Yo no puedo asomarme en la cornisa,
vistiéndome únicamente para cantar mi canción.

Y sino entendió lo escrito, quizás escuchar esto ayude...

domingo, 20 de febrero de 2011

Doncellas de sábado

Ellas caminan con pasos de taco alto.
Caminan con sangre en las suelas y se abren paso.
Bañadas en rimmel y en perfume dulzón y rancio,
coquetean con el olvido, y se ofrendan al descaro.

Ellas son amigas del pútrido Palermo,
teñido en Hollywood, asqueado en Soho,
lejos, muy lejos del Viejo.

Ellas sonríen con sonrisa de almanaque,
con mueca gastada, lánguida, berreta.
Sonríen al ojo imaginario, que seguro las acecha.

Ellas beben de la mueca burda.
De esa papeleta desecha que tienen por documento,
que poca prueba entrega de que son seres humanos.

Ellas beben...
Y se pierden, y se enredan,
hasta esculpirse en sombras que la noche les presta
para ocultar sus huecos y disimular sus pecas.

Salen a la caza de miradas que las peinen, que las mastiquen,
de otras miradas tan secas y pequeñas como las que ellas mismas visten.
Juegan en el ruidoso fango de los sábados.
Juegan el juego del silencio...
 y al ebrio descarado que las desnuda inadvertido,
lo miran con desprecio,
como si les debieran algo.

Ellas,
tristes,
vuelven a sus casas de cartón,
o de paja,
y se sinceran en las sabanas mientras las lagrimas les corren el rimmel.

Entonces ellas sueñan, con algún hombre de carne y no de estaño,
que quizás camine con algo mas que pasos.

Y entonces algún cuerpo cobarde, vuelve del baño o la cocina
y las desviste
 mientras ellas se tragan el llanto.

Las besan.

Las besa un labio ausente.
Les hincan el diente... como probando un bocado.
 Las penetra una lengua seca, amiga del alcohol y del cigarro.

Finalmente el orgasmo nunca llega,
 y el vacío les devela el desengaño.

Tendrán entonces que esperar a un nuevo sábado para calzarse las espuelas.
(No sea cosa que la soledad las mastique
 y el opaco roce del silencio les acaricie el destino).

Y mientras la semana se les pasa como un gato de vereda,
el espejo cada día les devuelve menos sueños.
Y el otoño, gota a gota,  las va callando.

Ellas,
las doncellas de sábado,  presas de su rimmel...

El vacío de Palermo, las destiñe... y lentamente...
de ellas...
solo queda el sonido de sus tacos apagados.

(Cuanto mas bellas son las mujeres de martes).


Y si no entendió lo escrito, quizás escuchar esto ayude.

lunes, 14 de febrero de 2011

El grillete

A ver si te animás a sacarte los cerezos de la frente...
A ver si con un grito podés romper con los días y la gente que se pudre en tus mejillas...
A ver si descolgás esa sonrisa de circunstancia imprecisa.
De amistad pasiva. De inmunda y cómoda tibieza.
Añeja.
Rancia.
Espesa.
A ver si te veo alguno de estos días... desnudo, con los pies embarrados por la risa.
¿Cuanto tiempo mas necesitas caminar por la cornisa de un otoño destemplado?
Te estoy estrechando la mano de la locura, durazno de mis días.
Correr y no escapar, amigo... yo te acompaño.
Soltá el grillete del confort y el té de asno.
Rompamos con el peso de tus hombros y llenemos este aire de arándanos.
¿No te das cuenta que nadie escucha tu anécdota de ciegos?
¿No podés ver como tus hilos se van haciendo muecas en mis manos?
¿Crees realmente que el mundo tiñe tus vicios?
¿Cuanto tiempo mas vas a estar esperando a que en virtud a tus años de servicio, los mortales decidamos que es preciso hacer de tu historia algo sagrado?
Nada mas triste que un hombre que se pasa la vida contando cuentos de si mismo,
rezándole por dentro a su melancolía que desaparezca por un rato.
Querido amigo, lloro por vos que no sabés beber de tu llanto, para brotar en nuevas alegrías.
En tu honor, cobarde, también es que yo reencarno.

Y sino entendió lo escrito, quizás escuchar esto ayude...