El, recién despierto, enredaba sus pies ajados por el áspero velo de sus sabanas.
Las sabanas arropaban solo a sus pies, fríos, de soledad y de mañana de Abril.
La mañana lucía una luz azul.
La luz, apagada por el día nublado, se filtraba entre los filetes de la persiana.
La persiana estaba oxidada por las lluvias constantes que pueblan al otoño de rocío.
Rocío tocó el timbre y aceleró el comienzo de su mañana, sin siquiera darle tiempo a el de cepillarse los dientes.
Los dientes de Rocío chocaron abruptamente con los suyos en un beso brusco, de improviso, que no tenía la habitual frescura del cariño tibio que se profesaban entre vinos y cafés de trasnoche.
El café en el bar se demoraba y ella jugueteaba con el mantel.
El mantel fue violentamente profanado por el mozo que les ofreció la carta.
La carta que Rocío le había dedicado en su primer cumpleaños decía que lo amaba.
- ¿Me amas?- preguntó el, jugueteando con el café y la cuchara.
Acucharados los dos, enredados entre piernas, vientres y olor a miel, solían llorarse su devoción, noche a noche.
La noche llegó y el seguía en el café, llorando por Rocío.
El rocío seguía jugueteando en la ventana, mientras la noche de Abril cantaba un tango de húmeda despedida cruel.
El, recién despierto, al día siguiente, miraba sus pies, que ya no se le enredaban.
Y si no entendió lo escrito...
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viernes, 22 de abril de 2011
martes, 29 de marzo de 2011
El vals de las ojeras
El asfalto le va humeando su resignación a la jornada.
La medianoche, tibia, se va esparciendo por las casas.
Los semáforos ya le silban su vacío a las calles desterradas.
Todavía resuenan entre los adoquines los pasos canallas de los transeúntes.
Lentamente va muriendo Buenos Aires, para reencarnar mañana.
Y yo acá,
agitado,
revuelto,
signado,
Respirando el barro de la noche como un buho desmadrado.
Bailando con el silencio un tango amargo.
Cruzando insultos con las sabanas,
amedrentando a las almohadas,
jugueteando zigzagueos entre el sueño y el letargo.
Ovillando desconfíos y deshilachando reclamos.
Olvidando.
Rozandome los pelos de la barba para reconocer quien hay debajo.
Soy amigo de la noche y el desvelo.
El otoño, canción de cuna del destierro,
es por las noches, mas humano.
El verano, se hace fango y confiesa, en la nocturna, sus secretos.
La luna es mas humana en los inviernos.
Solo la cándida primavera es mas amiga del celeste calendario.
Pero la primavera es estación para el almíbar y sus besos.
Y lo confieso...
yo soy mas bien, otoño.
Amigo del piano y su descenso.
Y sino entendió lo escrito...
La medianoche, tibia, se va esparciendo por las casas.
Los semáforos ya le silban su vacío a las calles desterradas.
Todavía resuenan entre los adoquines los pasos canallas de los transeúntes.
Lentamente va muriendo Buenos Aires, para reencarnar mañana.
Y yo acá,
agitado,
revuelto,
signado,
Respirando el barro de la noche como un buho desmadrado.
Bailando con el silencio un tango amargo.
Cruzando insultos con las sabanas,
amedrentando a las almohadas,
jugueteando zigzagueos entre el sueño y el letargo.
Ovillando desconfíos y deshilachando reclamos.
Olvidando.
Rozandome los pelos de la barba para reconocer quien hay debajo.
Soy amigo de la noche y el desvelo.
El otoño, canción de cuna del destierro,
es por las noches, mas humano.
El verano, se hace fango y confiesa, en la nocturna, sus secretos.
La luna es mas humana en los inviernos.
Solo la cándida primavera es mas amiga del celeste calendario.
Pero la primavera es estación para el almíbar y sus besos.
Y lo confieso...
yo soy mas bien, otoño.
Amigo del piano y su descenso.
Y sino entendió lo escrito...
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