El, recién despierto, enredaba sus pies ajados por el áspero velo de sus sabanas.
Las sabanas arropaban solo a sus pies, fríos, de soledad y de mañana de Abril.
La mañana lucía una luz azul.
La luz, apagada por el día nublado, se filtraba entre los filetes de la persiana.
La persiana estaba oxidada por las lluvias constantes que pueblan al otoño de rocío.
Rocío tocó el timbre y aceleró el comienzo de su mañana, sin siquiera darle tiempo a el de cepillarse los dientes.
Los dientes de Rocío chocaron abruptamente con los suyos en un beso brusco, de improviso, que no tenía la habitual frescura del cariño tibio que se profesaban entre vinos y cafés de trasnoche.
El café en el bar se demoraba y ella jugueteaba con el mantel.
El mantel fue violentamente profanado por el mozo que les ofreció la carta.
La carta que Rocío le había dedicado en su primer cumpleaños decía que lo amaba.
- ¿Me amas?- preguntó el, jugueteando con el café y la cuchara.
Acucharados los dos, enredados entre piernas, vientres y olor a miel, solían llorarse su devoción, noche a noche.
La noche llegó y el seguía en el café, llorando por Rocío.
El rocío seguía jugueteando en la ventana, mientras la noche de Abril cantaba un tango de húmeda despedida cruel.
El, recién despierto, al día siguiente, miraba sus pies, que ya no se le enredaban.
Y si no entendió lo escrito...
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viernes, 22 de abril de 2011
viernes, 1 de abril de 2011
Desayuno
El café besó los bordes de la taza apátrida y jugueteó con los filos de la leche que espumaba la mañana.
El miró por la ventana mientras se bebía de a sorbos a sí mismo.
Suspiró.
Dio vueltas apagadas sobre las hojas del diario.
Jugó a leerlo.
Ensayó un lector ensimismado.
Bebió otro trago de café, mientras la conversación de los extraños se le escurría entre los labios.
Otro trago.
Se bebió sus opiniones.
Mojó entonces la medialuna, que amigada entre la espuma y el bocado, goteó manchas de café por sobre el mantel pulido y claro.
Lo miraban. Se sentía observado.
Podía casi adivinar con las cejas como esos ojos flechaban su desgano.
Arqueó sus uñas.
Apretó sus dientes contra el paladar y murmuró algo.
Tenía que pagar, dejar propina y huir de ahí. Tenía que escapar del bar aquel antes que esos ojos terminaran por matarlo.
Si seguía sentado en esa mesa, el venenoso testigo de su desayuno iba a terminar por intoxicarlo.
En un rápido gesto y sin mirar pidió la cuenta, suplicando que la moza haya visto su reclamo.
Cerró el diario.
Su mirada clavada en el mantel.
Sus ojos, cegados por el pánico.
Sintió tres pasos hacia el.
En un descuido alzó la vista.
Lo miré...
Siendo su autor, su dios y su asesino,
eché a los testigos del bar aquel, y reescribí para el preso un vino
que apoyé sobre el mantel.
Con mis letras pagué la cuenta y seguí mi camino,
dejando al desayunante solo...
Con el eco de mi tinta punzando sus latidos.
Y sino entendió lo escrito
El miró por la ventana mientras se bebía de a sorbos a sí mismo.
Suspiró.
Dio vueltas apagadas sobre las hojas del diario.
Jugó a leerlo.
Ensayó un lector ensimismado.
Bebió otro trago de café, mientras la conversación de los extraños se le escurría entre los labios.
Otro trago.
Se bebió sus opiniones.
Mojó entonces la medialuna, que amigada entre la espuma y el bocado, goteó manchas de café por sobre el mantel pulido y claro.
Lo miraban. Se sentía observado.
Podía casi adivinar con las cejas como esos ojos flechaban su desgano.
Arqueó sus uñas.
Apretó sus dientes contra el paladar y murmuró algo.
Tenía que pagar, dejar propina y huir de ahí. Tenía que escapar del bar aquel antes que esos ojos terminaran por matarlo.
Si seguía sentado en esa mesa, el venenoso testigo de su desayuno iba a terminar por intoxicarlo.
En un rápido gesto y sin mirar pidió la cuenta, suplicando que la moza haya visto su reclamo.
Cerró el diario.
Su mirada clavada en el mantel.
Sus ojos, cegados por el pánico.
Sintió tres pasos hacia el.
En un descuido alzó la vista.
Lo miré...
Siendo su autor, su dios y su asesino,
eché a los testigos del bar aquel, y reescribí para el preso un vino
que apoyé sobre el mantel.
Con mis letras pagué la cuenta y seguí mi camino,
dejando al desayunante solo...
Con el eco de mi tinta punzando sus latidos.
Y sino entendió lo escrito
sábado, 19 de marzo de 2011
Sonata para mesa de café, con una luna en re menor que los acompaña.
Estoy enamorado del baile juguetón que hacen tus dedos sobre la mesa del café. Febrilmente enamorado de tu ronroneo, música suave que sale de tu habla.
Estoy enamorada de tus ojos. De como te envuelve el desvelo la mirada. Del silencio; fuego incomodo que nos damos. De las pausas involuntarias.
Estoy enamorado de tu boca. De tus labios purpura y tus dientes que reclaman. Del roce pasajero de tu mano en una caminata.
Estoy enamorada de tus hombros y los míos, clavando sus agujas hasta derretirnos en un mismo fuego, asesino y nocturno. Enamorada de tus gritos y tus uñas en delirio, y tus sabanas, piel de seda que me envuelve y te envuelve, y nos abraza.
Amo tu sonrisa de recién despierta y tu mate, único desayuno.
Amo tu cara de hombre serio ante el diario mañanero y la caricia que la medialuna te devuelve cuando la bañás sobre la espuma del café con leche que te hice.
Me da miedo tu ausencia de ojos grises cuando te pregunto que te pasa.
No entiendo tu eléctrico desorden de papeles en el bolsillo y migas esparcidas por toda la casa.
¿Porque mierda dejás siempre los puchos, como cadáveres a medio morir, todos juntos en el cenicero?
(...)
¡Es esa puta costumbre de masticar como una vaca!
Cuando estoy con vos me siento sola.
Cuando estoy con vos no siento nada.
(...)
Estoy enamorado del baile juguetón que hacen tus dedos sobre la mesa del café... este último café nuestro.
Estoy enamorada de tus ojos que me miran con sabor a despedida.
Y se callan.
El mozo, desde lejos, mira perplejo como esos dos, intentan decirse algo, pero no saben decirse nada.
Y sino entendió:
Estoy enamorada de tus ojos. De como te envuelve el desvelo la mirada. Del silencio; fuego incomodo que nos damos. De las pausas involuntarias.
Estoy enamorado de tu boca. De tus labios purpura y tus dientes que reclaman. Del roce pasajero de tu mano en una caminata.
Estoy enamorada de tus hombros y los míos, clavando sus agujas hasta derretirnos en un mismo fuego, asesino y nocturno. Enamorada de tus gritos y tus uñas en delirio, y tus sabanas, piel de seda que me envuelve y te envuelve, y nos abraza.
Amo tu sonrisa de recién despierta y tu mate, único desayuno.
Amo tu cara de hombre serio ante el diario mañanero y la caricia que la medialuna te devuelve cuando la bañás sobre la espuma del café con leche que te hice.
Me da miedo tu ausencia de ojos grises cuando te pregunto que te pasa.
No entiendo tu eléctrico desorden de papeles en el bolsillo y migas esparcidas por toda la casa.
¿Que quiere decir que hoy no nos vemos?
¿No me extrañás? ¿Que te pasa?
¿Porque mierda dejás siempre los puchos, como cadáveres a medio morir, todos juntos en el cenicero?
(...)
¡No te metas con mis viejos!
¡Es esa puta costumbre de masticar como una vaca!
¿Porque siempre que leés fruncís el ceño? ¿No ves?
No te entiendo.
Cuando estoy con vos me siento sola.
Cuando estoy con vos no siento nada.
(...)
Estoy enamorado del baile juguetón que hacen tus dedos sobre la mesa del café... este último café nuestro.
Estoy enamorada de tus ojos que me miran con sabor a despedida.
Y se callan.
El mozo, desde lejos, mira perplejo como esos dos, intentan decirse algo, pero no saben decirse nada.
Y sino entendió:
domingo, 13 de marzo de 2011
Una certeza
En un mundo rancio, con olor a naftalina y sabor a desconfío...
En esa búsqueda nauseabunda de confort a prueba de olvido,
de calor de invernadero.
En este rincón en donde los tacos han vencido a las ojotas...
Y las maquilladas apariencias le ganan al abrazo.
En este rancho
en donde los gauchos se relojean las boleadoras,
esperando con fortuna, ser el de la guasca mas larga
el tiento mas ancho y la bombacha mas corta.
En esta peatonal de cartón corrugado,
partera de susurros y sonrisas de mercado...
En esta antesala de escenario que regala primaveras, otoños y reclamos.
En este pequeñito,
infimo...
chiquito agujero en el que los mansos se regalan al silencio,
los presos a su carcel...
los tristes a su llanto.
En este calendario...
que amamanta mis momentos,
y los baña en miel tibia de ironía,
o los desviste al juego seductor del parpadeo,
el amor,
el delirio,
y su agonía.
En esta tierra,
llena de barro, de flores, de misterio, de días,
de hogueras, de almibar,
de besos, silencios, canciones, espejos,
locura, rutina...
En este techo,
mi único hogar...
En este río... mi único lecho.
lleno de ecos, pero también de melodías...
Tejido en sueños, y también en pesadillas.
En este,
mi trayecto...
solo una cosa viene con garantías:
El café con leche.
Y sino entendió lo escrito quizás escuchar esto ayude...
En esa búsqueda nauseabunda de confort a prueba de olvido,
de calor de invernadero.
En este rincón en donde los tacos han vencido a las ojotas...
Y las maquilladas apariencias le ganan al abrazo.
En este rancho
en donde los gauchos se relojean las boleadoras,
esperando con fortuna, ser el de la guasca mas larga
el tiento mas ancho y la bombacha mas corta.
En esta peatonal de cartón corrugado,
partera de susurros y sonrisas de mercado...
En esta antesala de escenario que regala primaveras, otoños y reclamos.
En este pequeñito,
infimo...
chiquito agujero en el que los mansos se regalan al silencio,
los presos a su carcel...
los tristes a su llanto.
En este calendario...
que amamanta mis momentos,
y los baña en miel tibia de ironía,
o los desviste al juego seductor del parpadeo,
el amor,
el delirio,
y su agonía.
En esta tierra,
llena de barro, de flores, de misterio, de días,
de hogueras, de almibar,
de besos, silencios, canciones, espejos,
locura, rutina...
En este techo,
mi único hogar...
En este río... mi único lecho.
lleno de ecos, pero también de melodías...
Tejido en sueños, y también en pesadillas.
En este,
mi trayecto...
solo una cosa viene con garantías:
El café con leche.
Y sino entendió lo escrito quizás escuchar esto ayude...
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