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domingo, 8 de mayo de 2011

El tibio y su esquina

Tomaba de a sorbos su café y miraba por la ventana, escapándose de la velada con airoso silencio.
Se daba descanso en un soponcio ausente. Jugaba a callar su desconfío y arremetía un opaco asentimiento ocultando el fuego de su codicia bajo una mascara descascarada de modestia:

El, un hombre manso, de modales correctos y palabras certeras, sobrevivía las conversaciones con sutil prestancia. Nunca arriesgaba una condena. En el fragor de cada batalla cotidiana, elegía evitar las asperezas. 

Así fue como un día, su cuerpo en descanso, se vio sorprendido por una pasión. En un principio, quiso domarla y la encausó con frases hechas y corbatas de ocasión. 

Pero la sangre, fiel condena del escarnio, jugó con sus horarios y le burbujeó su espesura.

Entonces el tibio, con su agenda despeinada, quiso bancar la parada y decidió una postura. Sin compromiso ni holgura, evito desangrarse y levitó su razón en fresca postura desinteresada.

La pasión entonces le largó una carcajada y nunca mas volvió.

Allí pasa las horas el pobre tibio, en una esquina desmadrada, 
como un paria desdentado, 
como una caña sin carnada, 
soñando con que algún día haga uso de su horario
 una canción que lo saque del calvario.
Envuelto en un silencio que lo llama 
a nunca mas desoír su corazón.

Y sino entendió lo escrito...  

viernes, 29 de abril de 2011

Desandar el camino

En modesto homenaje al Negro Dolina


Dicese que en el porteño barrio de Parque Chas, las calles suelen encontrarse consigo mismas. Rotondas perpetuas que en un espiral huracanado, absorben y obnubilan a todo aquel que ose caminarlas. Uno puede pasear por estas cuadras desesperanzadas y llegar a la esquina de Londres y Londres... así también si camina por la calle Berlín. En algún momento, Berlín se cruzará consigo misma.

Con esa esperanza comenzó un día Danilo a caminar en circulos. Entrando por Marsella, se sumergió en la rotonda Berlinesca, con la idea fija de reencontrarse consigo mismo. De advertirle a su pasado para que no cometa las equivocaciones que el cometió. Salvarse así de las garras crueles de mas de una mujer que lo había atravesado. Aconsejaría Danilo a su pasado, dejar el trabajo. Dedicarse a pintar, como siempre quiso. Se advertiría a sí mismo de aquellos amigos que en realidad el tiempo demostró que no lo eran tanto. 
Perpetuó entonces Danilo, sus pasos en las baldosas agrietadas hasta mezclarse entre las diagonales. Sus huesos se hundieron hasta soldarse mientras el sonido apagado de las estaciones le peinaba la mirada. Arrastró su cuerpo de hombre aprisionado entre el diluvio otoñal y el arácnido verano. No tardaron los vecinos en transformarlo en una mas de las leyendas del barrio. Conoció Danilo, uso y horario de cada uno de los habitantes de Parque Chas. Caminó en círculos, con la esperanza ciega de deshacer su historia hasta el comienzo. Para luego rehacerla, claro está.

Cayó en la cuenta, luego de un tiempo de camino circulado, que el amanecer, empezó a atardecerse. Vió a la luna rehacerse hasta mostrar su cara oscura. Así también, maravillado, sintió al suelo llover, empapando sus talones, y a las gotas subir, hasta embarazar las nubes. Los trotadores gimnastas de la mañana, daban sus zancadas en franco retroceso. El viento succionaba, empujando sus pasos en silencio. 

Finalmente una mañana ( o una tarde, quien sabe) a lo lejos, bordeando la esquina de Berlín y Berlín, se encontró Danilo con su Danilo pasado. Se acercó. 
Danilo pretérito, lo miró con el respeto que los ancianos se merecen.

Danilo caminante, sin pensarlo demasiado, le dijo... 

No mires nunca para atrás.

Y así, Danilo, nunca volvió a Parque Chas.

Y sino entendió lo escrito...

miércoles, 13 de abril de 2011

Que la tormenta nos moje

El flaco se sentó en la esquina. Palpitó un cigarrillo. Lo prendió. Peinó el humo con sus llagas.
El cielo tronaba y desde lejos relampagueaba su ironía y su tormenta. Una tormenta pesada, de verano confundido. De noche agónica.

Cayeron pidiendo permiso las primeras gotas.

El flaco cubrió el cigarrillo y haciendo "cuevita" siguió fumando como si nada. La gente se apresuraba a dispersarse. La calle misma era una huida cobarde.

Llovió mas fuerte.

El flaco, sentado sobre el borde del cordón, miró llover y no hizo nada. Ni correrse a buscar guarida ni dejarse llover. Sentía como la lluvia lo esquivaba. Lo omitía. El permanecía seco, mientras el asfalto desbordaba.

Su pelo, estoico. Su camisa, impoluta. Su nariz, inocente.

Diluviaba.

Los desagües desbordaban. El asfalto lentamente, desapareció del horizonte. Solo agua. Agua en la calle y en la vereda. Agua entrando por los kioscos, las farmacias. Agua entrando en los palier de edificios de expensas altas y en las puertas descascaradas de las casas chorizo. Agua arruinando peinados, fundiendo motores de autos mal estacionados. Agua corriendo maquillajes.

Agua.

El flaco, nada.

Bocas desesperadas tragando el aire a bocanadas. Manotazos de ahogado mientras el mar se hacía uno con la calle. Camiones enterrados por la marea. Muebles desbordando por las ventanas. Oficinas vomitando computadoras y legajos, diarios desechos, basura reptando entre la corriente. Agua colándose entre los techos y los lechos, jugando a las cataratas entre las terrazas.

El flaco,
hombre submarino, 
permanecía estoico, pero seco.
Dió sus últimas pitadas al cigarrillo y lo apagó contra el filo de la vereda sumergida.
Miró entonces cara a cara al océano profundo que desguazaba las calles de su barrio.

Tuvo unas ganas terribles de gritar.

Lo hizo.

Se ahogó.

Y sino entendió lo escrito...  

lunes, 14 de marzo de 2011

Caminar llorando

Hoy simplemente caminaba por la calle...
No se bien si Humberto Primo o Carlos Calvo...
No hacía el frío suficiente ni el calor necesario...
Y de repente...
Lloré..

Lloré y lloré sin poder contenerlo...

Como un gato de tejado,
se me trepó a los hombros el peso del tiempo y la distancia
entre mis ojos y tus ojos.

Lloré, sin aire, entre los caminantes.
Sin vergüenza, me derramé ante los extraños.
Era el recuerdo del roce de tu abrazo,
el que apretaba mi garganta y me mordía los labios.

Llore sin vergüenza entre autos y semáforos.
Tu voz de viento se me hincó en el pecho.
Tu cara, manchada por el brillo del sol,
se hizo un hueco entre mi mochila y mi cansancio.

Lloré con un grito que solo yo escuchaba.
Aullaba, herido, como un lobo solitario que se siente acorralado.
Fue tu silencio el que me estalló en el tímpano.
Y sordo de impotencia, solo atiné a seguir aullando.

Lloré por las calles...
Me escurrí en las avenidas.
Caminé mis lagrimas.
Me lamí las heridas
hasta alejarme de tu puerta
y acordarme de la mía.

Hoy, en una distracción,
lo recordé...
Llevo conmigo
un dolor de muerte que me clavaste dentro.

Y que se desvanece solamente...
Cuando creo firmemente
en seguir caminando.